PluriVERSIDAD - Edición 529 - miércoles, 28, febrero, 2024 - ¿Es posible lograr el pleno empleo del factor de producción fuerza de trabajo? - y más temas en PGV
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¿Es posible lograr el pleno empleo del factor de producción fuerza de trabajo?
El trabajo dignificante es hoy la mayor necesidad social
Hugo Arias C. - IA-PGV-chatGPT
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El objetivo del pleno empleo del factor de producción fuerza de trabajo ha sido una preocupación central en la teoría económica y en las políticas públicas de muchos países. Pleno empleo no implica necesariamente que todas las personas estén empleadas, sino que se refiere a la situación en la que el desempleo es tan bajo que cualquier persona que esté buscando trabajo puede encontrarlo con relativa facilidad. Sin embargo, alcanzar este objetivo plantea varios desafíos y consideraciones.
En primer lugar, es importante reconocer que el pleno empleo es un objetivo macroeconómico que está influenciado por una serie de factores, incluyendo la demanda agregada, la oferta de trabajo y las políticas económicas. La demanda agregada juega un papel crucial, ya que influye en la cantidad de empleo disponible en la economía. Durante períodos de recesión, la demanda de bienes y servicios tiende a disminuir, lo que lleva a una reducción en la contratación y, por lo tanto, a un aumento del desempleo. En contraste, durante períodos de expansión económica, la demanda de trabajo tiende a aumentar, lo que puede conducir a una reducción del desempleo.
Además de la demanda agregada, la oferta de trabajo también es un factor determinante en la consecución del pleno empleo. Esto incluye consideraciones como la participación laboral de la población, la tasa de crecimiento de la fuerza laboral y la disponibilidad de habilidades y capacitación adecuadas. Por ejemplo, si hay una falta de habilidades en ciertas industrias o sectores, puede haber vacantes de empleo que no se pueden llenar, a pesar de que exista demanda de trabajo.
Las políticas económicas también desempeñan un papel importante en la búsqueda del pleno empleo. Por ejemplo, la política monetaria y fiscal pueden utilizarse para estimular la demanda agregada y fomentar la creación de empleo. Esto puede incluir medidas como la reducción de las tasas de interés para incentivar la inversión empresarial o el aumento del gasto público en infraestructura para crear empleos directos e indirectos.
Sin embargo, es importante tener en cuenta que alcanzar el pleno empleo no es solo una cuestión de políticas macroeconómicas. También se requieren políticas laborales y sociales sólidas para garantizar que el empleo generado sea de calidad, dignificante, sustentable y esté bien remunerado. Esto puede incluir medidas como el establecimiento de un salario mínimo adecuado y la protección de los deberes y derechos laborales.
A pesar de estos desafíos, varios países han logrado alcanzar niveles cercanos al pleno empleo en ciertos momentos de su historia. Por ejemplo, durante el período de posguerra en Estados Unidos, la tasa de desempleo alcanzó niveles históricamente bajos debido al auge económico y a las políticas de pleno empleo implementadas por el gobierno. Del mismo modo, países como Islandia y Japón han experimentado niveles de desempleo muy bajos en años recientes, aunque por diferentes razones y con diferentes enfoques políticos.
En resumen, si bien alcanzar el pleno empleo del factor de producción fuerza de trabajo es un objetivo deseable, su consecución es compleja y depende de una variedad de factores económicos, laborales y políticos. Si bien es posible lograr niveles bajos de desempleo, alcanzar el pleno empleo absoluto puede ser difícil de lograr en la práctica debido a las fluctuaciones económicas y a las limitaciones estructurales. Sin embargo, mediante políticas adecuadas y un enfoque integral, es posible avanzar hacia este objetivo y mejorar las condiciones laborales y económicas para todos los ciudadanos.
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Aviones de guerra para ovejas
negras
Como en la historia del “hijo pródigo”, el que se porta mal puede terminar premiado. En política, eso depende de la solvencia para pagar el retorno del díscolo al redil.
La entrada de Suecia a la OTAN ha sido lo más parecido a un tortuoso
proceso de gestación asistida. Los medios “naturales” de su acceso a la alianza
no funcionaron como se podría esperar de su condición europea, nórdica,
occidental y democrática.
Polonia, Chequia, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania,
Eslovaquia, Eslovenia, Albania, Croacia, Montenegro, Macedonia del Norte, y la
propia Hungría, entraron después de la Guerra Fría a la Alianza Atlántica. Lo
hicieron de manera expedita, como si estuvieran huyendo de su pasado comunista.
Con ello cambiaron, en favor de Occidente, la geopolítica de Europa, en sus
dimensiones Báltica, Central y Balcánica, tan apreciadas por Stalin, sus
antecesores, los zares, sus sucesores, los jerarcas de la nomenclatura
soviética, y ahora el jefe del Kremlin de Moscú.
Ante la inesperada agresión de Rusia contra Ucrania, Suecia y Finlandia
no tardaron en abandonar su legendaria condición de neutralidad y solicitaron
entrada a la alianza. Ambas querían establecer, de una vez, su pertenencia
formal al bloque de defensa occidental. Finlandia entró en 2023. Para Suecia el
camino fue más tortuoso. A su entrada se opusieron Turquía y Hungría, que
interpretando al profesor David Roll, bajo sus gobiernos actuales, tienen un
cierto tinte de “democracias falseadas”.
Erdogan comenzó por condicionar la admisión de Suecia al ingreso turco a
la Unión Europea. Idea que después abandonó porque se trata de asuntos muy
diferentes. La presencia en Suecia de opositores kurdos al régimen de Ankara,
que los considera terroristas, y la quema pública de ejemplares del Sagrado
Corán frente al parlamento sueco, contribuyeron a dañar el ambiente. En la
puja, Suecia accedió a extraditar algunos dirigentes kurdos requeridos en
Turquía y a modificar leyes favorables a refugiados de significación política.
Turquía recibió aviones F-16, esenciales para su esquema defensivo, y terminó
dando vía libre a la admisión.
En el caso húngaro el obstáculo provino de las características
personales del primer ministro Viktor Orbán, que no pierde ocasión para
refrendar su condición de oveja negra, tanto en el seno de la Unión Europea
como de la OTAN. Su país, con diez millones de habitantes, representa apenas el
uno por ciento del poderío económico de la Europa comunitaria, pero el uso que
hace de su poder de veto, con el argumento que sea, le convierte en bufón
incómodo para los euro-ortodoxos y héroe por los contradictores externos e
internos de la Unión.
Para nadie es un secreto que, al terminar la Guerra Fría, se presentó
una rebatiña de acomodamientos a realidades que había que inventar y manejar de
manera oportuna y adecuada, para ubicarse dentro del desorden de un nuevo orden
mundial. El reto más grande fue para una serie de naciones, sueltas ya del
dominio soviético, o salidas de otros fracasos del experimento comunista,
obligadas a la búsqueda de un nuevo modelo político, una nueva orientación de
la economía, una nueva cultura cívica y alguna afiliación internacional.
Fueron esas las circunstancias bajo las cuales tanto la alianza militar
del “Atlántico Norte”, como la Unión Europea, decidieron jugar a las admisiones
urgentes de países en busca de un nuevo destino. Candidatas ideales, en ese
momento crucial, eran las del antiguo bloque soviético, y de la antigua
Yugoslavia. Todo en desmedro de Rusia, que después de haber sido cabeza de
imperio andaba en su propia búsqueda, que a lo largo de la última década del
Siglo XX dio tumbos, para terminar, desde el cambio del milenio, cada vez más
dependiente de una persona que hasta ahora domina el escenario prácticamente a
voluntad.
La gestión de los cambios radicales que exigían las circunstancias
correspondía a personas criadas bajo el antiguo modelo, desconocedoras de la
práctica de las liturgias del mundo capitalista y de los modelos político,
económico y cultural que han acompañado el proceso de su desarrollo.
Dentro de esos personajes está Orbán, que comenzó su carrera política a
la cabeza de un movimiento estudiantil que reclamaba en 1989 la salida de las
fuerzas militares soviéticas de su país. Participó luego en todo el proceso de
transición hacia una democracia de corte occidental. Desde entonces tuvo
asiento en la Asamblea Nacional a la cabeza de un partido de derecha radical,
el Fidesz, que lo llevó a ser primer ministro desde 1988 hasta 2002 y ahora
otra vez desde 2010 hasta hoy. En el interregno fue jefe de la oposición.
Bajo su primer mandato, Hungría entró a la OTAN. Pero Orbán nunca ha
dejado de mantener una relación amistosa, marcada por la simpatía mutua, real o
aparente, nunca se sabe entre políticos, con Vladimir Vladimirovich Putin, con
quien comparte su afiliación a la derecha postcomunista, su religiosidad, su
deriva autoritaria y su hostilidad hacia la ortodoxia de la Europa comunitaria
y del mundo occidental. Parecen almas gemelas, que se quieren y se hacen
favores, al punto que en Europa existen dudas sobre la solidez del compromiso
de Orbán con la guarda de secretos de la OTAN, lo mismo que sobre su capacidad
para encabezar, por turno, la Unión Europea, contra cuyo funcionamiento no deja
de poner obstáculos.
Como quiera que Orbán no ha sido respetuoso de la libertad de prensa y
de la independencia de la justicia, y ha propiciado reformas constitucionales
que alejan a Hungría de la tipicidad de un Estado de Derecho, ha sido objeto de
críticas, entre otras por parte de Suecia. Razón por la cual la solicitud de
ingreso de esta última a la OTAN fue motivo de regodeo para el jefe del
gobierno húngaro, que aprovechó para montar uno de esos espectáculos que suele
presentar, como lo ha hecho ante la ayuda a Ucrania o el manejo de la crisis
migratoria, desde una plataforma nacionalista, euroescéptica, ultra cristiana,
enemiga del mestizaje, que pugna por “la pureza de la raza húngara” y sostiene
abiertamente que su modelo es el de una “democracia iliberal”.
Todo lo anterior hasta que, después de una visita a Budapest del primer
ministro sueco, Ulf Kristersson, se despejó súbitamente el camino, y el lunes
26 de febrero el parlamento húngaro aprobó la entrada de Suecia a la OTAN.
Votación realizada horas después del anuncio de que “Hungría compró cuatro
aviones suecos Saab JAS Gripen”, de los cuales ahora tiene en Leasing catorce y
son la esencia de su fuerza aérea.
Luego del espectáculo de Orbán, con la entrada de Suecia a la Alianza
Atlántica se cierra un capítulo de movimientos estratégicos desfavorable para
Moscú. Después de atacar a Ucrania “para contener el avance de la OTAN y
mantenerla alejada de sus fronteras”, termina con el Báltico y el Mar del Norte
completamente controlados por esa alianza que considera su enemiga y la amenaza
más preocupante para su idea de una nueva Rusia imperial.
Categorias ; relaciones
internacionales; posconflicto; guerra fría; imágen; reputración, Internacional
(*) Exembajador de Colombia. Director y moderador del Observatorio de actualidad Internacional de la U. del Rosario. Exrector Universitario. Decano y docente titular en U. del Rosario. Analista y escritor sobre temas de Relaciones internacionales, gobernanza y geopolítica.
Fuentes: El autor y Aviones
de guerra para ovejas negras | Blogs El Espectador
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"La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad..."
"La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad. La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda solo lo importante. La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que Es.
La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces. La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro. La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección.
La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como rio. La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”. La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe.
La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede ni permite, hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas. La vida te aleja de las personas que amas, hasta que comprendes que no somos este cuerpo, sino el alma que él contiene.
La vida se ríe de ti tantas veces, hasta que dejas de tomarte todo tan en serio y te ríes de ti mismo. La vida te rompe y te quiebra en tantas partes como sean necesarias para que por allí penetre la luz.
La vida te enfrenta con rebeldes, hasta que dejas de tratar de controlar.
La vida te repite el mismo mensaje, incluso con gritos y bofetadas, hasta que por fin escuchas. La vida te envía rayos y tormentas, para que despiertes. La vida te humilla y derrota una y otra vez hasta que decides dejar morir tu EGO.
La vida te niega los bienes y la grandeza hasta que dejas de querer bienes y grandeza y comienzas a servir.
La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no necesitas ni alas ni raíces, sino solo desaparecer en las formas y volar desde el Ser. La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro. La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir.
La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.
Teólogo alemán
Bert Hellinger (nacido como Anton Hellinger; Leimen, Baden, 16 de diciembre de 1925-19 de septiembre de 2019) fue un teólogo y espiritualista alemán, conocido por ser el creador de las constelaciones familiares, una hipótesis pseudocientífica de terapia familiar en el contexto de la psicología sistémica que postula que los miembros de una familia se influyen recíprocamente en... wikipedia.org
- 16 de diciembre de 1925, Leimen, Alemania
- 19 de septiembre de 2019, Bischofswiesen, Alemania
- Maria Sophie Hellinger
- Universidad de Wurzburgo
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¿Realmente sabemos lo que es la
ciencia?
La ciencia
es la mayor aventura intelectual del ser humano, ha arruinado su fe y
engendrado sueños de una utopía material. También facilita nuestras vidas y
amenaza nuestra existencia. ¿Pero sabemos lo que es?
Publicado por
Miguel
Ángel Sabadell Astrofísico y divulgador científico
Creado:26.02.2024 | 16:00
Actualizado:26.02.2024 | 16:00
La ciencia aspira a comprender desde el átomo infinitesimal a la
apabullante inmensidad del cosmos. Su belleza es a menudo evidente sólo para
los iniciados, sus peligros generalmente se malinterpretan, su importancia ha
sido sobreestimada o subestimada, y su falibilidad, y la de quienes la crean, a
menudo se pasa por alto o se exagera maliciosamente.
El intento de explicar el universo físico se ha caracterizado por
un conflicto perpetuo. Las teorías establecidas han sido
continuamente modificadas o derribadas violentamente y, como en
la historia del arte y la música, las innovaciones tienden a ser ridiculizadas
sólo para convertirse, con el tiempo, en el nuevo dogma. La lucha entre lo viejo y lo nuevo rara vez ha
sido digna. Los científicos vienen en muchos colores, de los cuales el
verde de los celos y el morado de la ira son tonos de moda. La esencia de la
historia científica ha sido el conflicto.
La ciencia, por su
naturaleza, es cambiante. Siempre hay algún científico, en algún lugar, que
está refutando una explicación que ha propuesto otro científico. Generalmente
estos cambios de interpretación dejan intacto el tejido de la sociedad. Sin
embargo, en ocasiones las revoluciones
reales derriban parte de nuestro sistema de creencias establecidas:
Copérnico, Galileo, Kepler, Darwin…
El cambio científico casi
siempre va acompañado de un aumento de nuestra capacidad para racionalizar y
predecir el curso de la naturaleza. Newton podía explicar mucho más que
Aristóteles, y Einstein mucho más que Newton. La ciencia tropieza frecuentemente,
pero se levanta y sigue adelante. El camino es largo.
El primer paso
Muchos colocan el primer paso de
la civilización occidental hacia la ciencia en la Grecia clásica, con el paso
del mytho al logos. Fue entonces cuando los presocráticos
comenzaron a plantearse que a lo mejor los dioses no gobernaban todo lo que
sucedía bajo las estrellas, que existen leyes que rigen la naturaleza por
debajo de la piel de la experiencia. Y la única forma de encontrarlas es con el
método de pensamiento de la ciencia.
Lewis Wolpert, en su delicioso
libro La naturaleza no natural de la ciencia, dice: «El mundo no
está construido sobre la base del sentido común. Esto significa que el
pensamiento “natural”, es decir, lo que consideramos como sentido común normal
y cotidiano, no nos proporcionará nunca una forma de comprender la naturaleza
de la ciencia. Salvo raras excepciones, las ideas científicas van en contra de
la intuición: no pueden adquirirse limitándose a inspeccionar los fenómenos y
con frecuencia se encuentran al margen de la experiencia cotidiana». Comprender
el funcionamiento del mundo no es un paseo y exige cierto ascetismo al
pensar. La ciencia es un delicado equilibrio entre la imaginación y la
realidad que se mantiene gracias a un exquisito cuidado en los más mínimos
detalles y en una sutil línea de razonamiento.
¿Entendemos lo que es la
ciencia?
En 2006 fui moderador de una
mesa redonda donde se pretendía que científicos y otros personajes relevantes
de la cultura pusieran en común su visión de la ciencia. Lo que me sorprendió
de aquella tertulia fue que dos personajes que sin duda catalogaríamos de
cultos –el historiador y entonces presidente de la Academia de la Lengua
Gallega, Xoxé Ramón Barreiro, y la periodista Pilar Cernuda– tuvieran un
concepto tan pobre de lo que es la ciencia. Para ellos no era más que una caja
negra a la cual volverse para pedir soluciones ante problemas tecnológicos o
médicos; en ningún momento concedieron que la ciencia era, ante todo,
una forma de pensamiento, cuando menos de conocimiento. Esta es una idea
que, quizá gracias a la tecnificación, hemos perdido.
La tecnología es la parte más
visible de la ciencia. Foto: Getty
El ejemplo de Kepler
Al estudiar el movimiento
aparente de Marte por el cielo Kepler descubrió que ninguna órbita circular se
ajustaba a las observaciones. Desesperado, se le ocurrió probar con elipses.
Para un matemático platónico como él, las curvas cónicas (la elipse, la parábola
y la hipérbola), eran lo menos hermoso de la geometría, «una carreta de
estiércol». Para su sorpresa, las observaciones cuadraron a la perfección. Este
hecho significó el final del sueño de todos los filósofos y pensadores desde la
época de la Biblioteca de Alejandría, que creían que las órbitas planetarias
eran circunferencias, la curva más perfecta de todas. Kepler demostró
su grandeza: alejó de su mente sus propias convicciones, sus mayores deseos, y
se rindió a la evidencia, a los hechos. Aceptó el universo como es y no
como a él le gustaría que fuera. Esta es la mayor lección que Kepler nos
enseñó.
El método científico –a
pesar de que los filósofos de la ciencia reprochan, con razón, que no hay algo
que podamos llamar estrictamente así–, tedioso y aburrido, nace en Occidente en
1632 al publicarse el libro Diálogo sobre los dos máximos sistemas del
mundo de Galileo Galilei. Allí enunció el pilar sobre el que se
asienta la ciencia moderna: el método hipotético-deductivo. Lo que
hizo fue plantear la manera de encarar la característica básica de la ciencia:
su innata propensión a hacer preguntas.
En esencia, la ciencia se
asienta sobre tres patas: hipótesis, observación y fe. Para comprender el
mundo lo primero que debemos hacer es emitir una idea sobre su funcionamiento.
Sin embargo, si nos quedásemos aquí haríamos religión o filosofía. El elemento
característico y diferenciador de la ciencia es que esa idea nuestra, esa hipótesis, vive o muere por veredicto de la
observación. Si al contrastarla no coincide nuestra idea, nuestro modelo
del mundo, es erróneo y tendremos que modificarlo. ¿Y dónde queda la fe?
Simplemente en que partimos de una premisa básica que aceptamos sin discusión: somos capaces de comprender el universo y de encontrar modelos que lo expliquen. Sin
este ‘dogma’ la ciencia no tendría sentido. Ya lo dijo Einstein: «Lo más
incomprensible del universo es que sea comprensible».
En esencia, la ciencia es un
proceso de retroalimentación: aprende de sus propios errores. Ahora bien, sufre
de una fama extraña en nuestra sociedad. Se le reclama que dé la información
exacta y oportuna de aquello que se le pregunta; se le pide la verdad. Pero en ningún lugar encontraremos más podrías y quizás que
en una revista científica. Porque en ciencia el interrogante es constante:
lo que hoy es cierto mañana puede que no lo sea. Por eso no hay disciplina
humana más capaz de mudar de opinión, pero tampoco la hay que pida más pruebas
para tener que hacerlo. Sabe que el poco conocimiento que atesora ha costado un
gran esfuerzo y exige que se le den razones convincentes para hacerlo.
No siempre encontraremos la
respuesta
Eso sí, tenemos que tener en
cuenta que hacerse las preguntas correctas no basta para alcanzar
resultados correctos. William Crookes, descubridor del talio en 1861 e
inventor del predecesor del tubo de rayos catódicos de
los televisores, diseñó un aparato destinado a medir los efectos de la
radiación sobre la materia, el radiómetro. Es un molinillo de cuatro aspas de
aluminio, donde la mitad de las caras están ennegrecidas para que absorban la
radiación infrarroja, y la otra mitad pulidas para que la reflejen. Enfrentadas
entre sí, al incidir la luz el radiómetro comienza a girar. ¿Por qué ocurre
esto? Crookes creyó haber hallado un nuevo estado de la materia. Lo bautizó con
el nombre de ‘materia radiante’ y pensó que estaba compuesto por moléculas.
Estaba equivocado. Lo que sucede es que los fotones son absorbidos por las
caras oscuras, éstas se calientan y emiten energía en forma de nuevos fotones.
Esta emisión se invierte en aumentar el movimiento del escaso gas que hay en el
interior del tubo, lo que provoca el giro del molinillo.
La moraleja es que Crookes había
hecho una investigación detallada y minuciosa, había hecho las preguntas
correctas, pero eso no bastó para conducirle a una explicación acertada del
fenómeno. En definitiva, ningún recuento extremadamente preciso de los
hechos conduce de manera invariable a una explicación correcta.
¿Por qué necesitamos saber cómo
funciona el mundo?
La respuesta es simple. Si
elevamos nuestra cultura, si leemos más libros, aprenderemos a pensar por
nosotros mismos. La cultura nos abre la puerta al pensamiento crítico,
y éste nos da libertad, autonomía y control sobre el propio destino. La
humanidad ha progresado haciéndose preguntas y dudando.
Gracias a la ciencia hemos
aumentado la esperanza de vida del ser humano. Foto: Getty
Ahora bien, la ciencia no
es un pasatiempo intelectual inofensivo. En los últimos dos siglos hemos
pasado de ser observadores de la naturaleza a ser, de manera modesta pero
creciente, su controlador. Al mismo tiempo, ocasionalmente hemos perturbado el
equilibrio de la naturaleza de maneras que no siempre entendíamos. Hay que vigilar la ciencia. El profano ya no
puede permitirse el lujo de quedarse al margen, ignorando el significado de los
avances que determinarán el tipo de mundo en el que habitarán sus hijos –y el
tipo de hijos que él tendrá. La ciencia se ha convertido en parte de la forma
en que la raza humana concibe y manipula
su futuro. Las respuestas pueden afectar el presupuesto nacional, la salud
de su próximo vástago y las perspectivas de vida a largo plazo en este planeta.
No podemos permitirnos el
lujo de ser ignorantes.
Fuente: ¿Realmente sabemos lo
que es la ciencia? (muyinteresante.com)
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