EL OTOÑO DE LUKASHENKO Por Eduardo Barajas Sandoval (*)
El otoño de Lukashenko
Por Eduardo Barajas Sandoval
A veces los políticos se llevan la sorpresa de que la gente no los
quiere tanto como ellos creían, o quisieran. Es como si su instinto nada
les hubiera dicho, o como si hubieran reprimido al extremo las señales
que anuncian lo inverosímil de sus éxitos acomodaticios. Como si no les
diera vergüenza ganar todas las veces, a lo largo de décadas, con
mayorías arrolladoras que, de paso, sugieren una de tres calamidades
políticas: la trampa, la majadería de unos votantes incapaces de
disentir, o la imposibilidad de que se abra paso la verdad.
Encerrada entre Rusia y Polonia, Ucrania, Lituania y Latvia, Bielorrusia
lleva casi tres décadas bajo el gobierno de Aleksandr Lukashenko, un
dinosaurio formado en la era soviética, cuyo modelo ha mantenido a
ultranza con un discurso nacionalista que lo presenta como defensor del
país ante la interferencia extranjera y garante de una estabilidad que
supone solo él es capaz de proveer. Como cualquier dictador clásico del
Caribe.
Aficionado al Hockey, ya se sabe que todo equipo que se oponga al suyo
debe permitir que anote, para que haya oportunidad de celebrar sus
habilidades deportivas. Costumbre de invencibilidad artificiosa que se
extiende a las elecciones. Fórmula que le permitió ganar supuestamente
de manera arrolladora los comicios del 9 de agosto pasado, para obtener
su sexto mandato. Sólo que esta vez tuvo una competidora que a todas
luces habría obtenido un resultado que, de haber contado bien los votos,
la habría podido llevar al poder.
Ilustración Gráfica: GEOPOLÍTICA: BIELORUSIA -MAgister Ludi-Blogger (bajada para archivo PGV)
Para un personaje que desde el siglo pasado fue capaz de apropiarse de
poderes absolutos y que lleva el orgullo de ser el autócrata más longevo
de Europa, la acometida ciudadana, no solo en las votaciones, sino a
través de las protestas posteriores, que denuncian una segura trampa en
el escrutinio, ha resultado ser un destemple insospechado, frente al
cual sólo pudo reaccionar mediante la represión, que apenas sirvió para
avivar el fuego.
La campaña por la jefatura del estado había estado llena de desaciertos e
irregularidades. La recomendación presidencial de “tomar vodka, ir a la
sauna y trabajar duro”, como prescripción para evitar el contagio del
Coronavirus, no fue tomada como chiste, sino como muestra de la
caducidad de un ignorante, desconectado de la realidad. Su maniobra de
apresar a Sergey Tikhanovsky, candidato opositor, condujo a un
movimiento insospechado, de esos que cambian todo cuando menos se
espera: la esposa del detenido, Svetlana Tikhanosvkaya, profesora de
inglés de 37 años, tomó las riendas de la oposición.
Svetlana Tikhanóuvskaya profesora y política Bielorrusa (de es.wikipedua.org para archivo PGV)
Con una mujer como protagonista, fue creciendo la concurrencia ciudadana
a manifestaciones que atendieron a un llamado al cambio que tomó fuerza
inusitada. Animado por el activismo femenino y el de numerosas
organizaciones sociales antes inexistentes, el movimiento llegó a ser de
tales proporciones que, el día de los escrutinios, hizo inverosímil el
resultado que adjudicaba al presidente el ochenta por ciento de los
votos. Máxime cuando por todos lados se denunciaron irregularidades y se
produjo un “oportuno” apagón de internet a lo largo de varios días.
Entonces vino la protesta popular.
Como dictador típico del modelo soviético, el presidente, que animado
por el coro de su camarilla se cree único intérprete del destino de la
nación, desató una ola represiva, policial y judicial, que todo lo que
hizo fue avivar el fuego de los reclamos y engendrar la solicitud de su
dimisión. Svetlana se tuvo que ir a Lituania por seguridad, pero las
calles de Minsk, y las de todas las ciudades, se han visto llenas de
gente de toda edad y condición, unida contra la violencia policial y la
manipulación informativa, con el denominador común de la exigencia de un
cambio de gobierno.
Perdido el miedo ciudadano, el reclamo no se limita al resultado
electoral, sino que busca una oportunidad de cambio democrático.
Abundan ahora las malas señas contra un régimen que pensaba seguir al
ritmo de los últimos veintiséis años, abusando del poder. Muchos
policías han dejado su trabajo y periodistas de los medios oficiales se
han ido del país. En busca de apoyo obrero, del que tanto se preciaba,
Lukashenko se fue a una fábrica de tractores a animar a sus supuestos
partidarios, que terminaron por pedirle también que se vaya del poder. Y
las manifestaciones de apoyo, salidas de los cuarteles, regresaron con
las banderas replegadas.
Aleksandr Lukashenko
Como penúltimos recursos, Lukashenko ha dado instrucciones al ejército
para que defienda su régimen, y se ha inventado, típico, el cuento de
que las fuerzas de la OTAN se agrupan desde Polonia para invadir el
país, que él, por supuesto, está dispuesto a defender ! Maniobra falaz,
desmentida hasta la saciedad por los presuntos protagonistas de la
agresión, y que no es sino símbolo de su desespero.
Está por verse si la presión interna puede dar al traste con el gobierno
de Aleksandr Lukashenko. De pronto no, mientras las armas estén de su
lado, así sea con un alto grado de indignidad. Y no se sabe hasta qué
punto pueda llegar la fuerza política de la oposición, que aunque tenga
la razón de pronto está lejos de conseguir un cambio radical en el
poder.
Aparece entonces el espectro de la dimensión internacional. Y es en ese
escenario en el que no hay razones para pensar que los bielorrusos
aspiren a entrar a la Unión Europea, que se encuentra del otro lado de
la frontera polaca. Los manifestantes han tenido el buen cuidado de no
reclamar su ingreso a la Europa comunitaria. Para ellos, atados
histórica, étnica y culturalmente a Rusia, existen otro norte y otro
catalogo de aspiraciones. No es de todo el mundo el sueño de fortalecer
los lazos con Washington, Londres, Berlín y Paris. Ahí está el camino de
Moscú.
Sin perjuicio de que la Unión Europea haya sancionado ya al régimen de
Lukashenko, y de que ahora, en atención a cuidadosa petición ciudadana
haya expresado que no reconoce su triunfo en los comicios de hace dos
semanas, la clave está en el Kremlin de Vladimir Putin. Bocado exquisito
para la diplomacia rusa, que puede aprovechar el descontento popular
para ratificar, precisamente con ese apoyo, la circulación de
Bielorrusia en la órbita de Moscú. Lógica dentro de la cual Lukashenko
pasaría a servir como papel quemado. Si no lo hacen así, terminarían por
empujar a los bielorrusos, poco a poco, hacia Europa occidental.
Fuentes: El autor y EL ESPECTADOR 25 de agosto de 2020
(*) - Investigador y escritor en temas de derecho, politología y relaciones internacionales
- Conferencista
- Alto directivo académico, y docente en la U. del Rosario - Bogotá
- Ex Secretario general de la Presidencia de la República
- Ex Secretario de Educación de Bogotá D.C.
- Ex Embajador de Colombia en Hungría
- Ex Rector de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia
- Escritor y Columnista en periódicos de circulación nacional e internacional.

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